Urbe inca en Santiago de Chile

Desde el colegio los peruanos sabemos que el Imperio de los incas limitó, por el sur, con el curso del río Maule, ubicado a casi 250 kilómetros al sur de Santiago de Chile. Una distancia equivalente a la que separa Lima de Pisco.

También aprendemos que el “descubridor” de Chile fue Diego de Almagro – en 1536, un año después de la fundación de Lima –, quien llegó hasta el valle donde se asienta Santiago luego de un accidentado viaje por los terribles desiertos del norte chileno. Pero el socio de Francisco Pizarro regresó de urgencia al Perú más pobre de como partió, y con unas ganas de venganza que provocaron las trágicas guerras entre los conquistadores.

Años después, en 1540, Pedro de Valdivia también partió de Cusco con una expedición colonizadora que siguió las huellas de Almagro y llegó hasta el valle del Mapocho para fundar la ciudad de Santiago de Nueva Extremadura, ubicada al pie del cerrito Huelén (hoy Santa Lucía) y en los territorios situados entre los dos “brazos” del río Mapocho.

La historia oficial del Chile moderno empieza precisamente con la gesta de Pedro de Valdivia. Y en la historia que se enseña en los colegios de ambos países nos dicen que antes de Valdivia, la zona era poblada por unos indígenas belicosos que no merecieron los esfuerzos colonizadores de los incas.

Pero el arqueólogo Rubén Stehberg y el historiador Gonzalo Sotomayor, ambos chilenos, han roto los esquemas de la historia oficial al demostrar que la ciudad de Santiago de Chile fue fundada sobre una urbe inca que no solo incluyó tambos, caminos, talleres y canales de manufactura incaica, sino que el trazo de la urbe estuvo inspirada en la sagrada ciudad del Cusco.

“Pedro de Valdivia sabía de la existencia de este poblado inca en pleno funcionamiento y que también desde aquí se administraba la mita minera de oro y plata”, sostiene Stehberg, jefe deAntropología del Museo Nacional de Historia Natural de Santiago, entidad que auspició la investigación.

Por su parte, Gonzalo Sotomayor, profesor de Historia de la Universidad Andrés Bello, agrega que “el poblado elegido por Valdivia estaba gobernado por el cacique Quilicanta, un orejón cusqueño, de la panaca real incaica. A diferencia de Almagro, Valdivia eligió el valle del Mapocho porque el del Aconcagua no era tan seguro y había caciques potencialmente hostiles”.

Lo cierto es que Stheberg ya había postulado esta renovadora hipótesis desde fines de los años 70, cuando inició una serie de excavaciones arqueológicas en el Centro Histórico de Santiago de Chile.

La teoría de Stehberg durmió el sueño de los justos hasta hace un lustro, cuando renació luego de sucesivas prospecciones que dieron a luz cerámicos de clásica manufactura inca, como los aríbalos.

Lo cierto es que en el actual Santiago de Chile ya no existen vestigios arquitectónicos incaicos, pero los mitimaes enviados desde el Cusco tuvieron la costumbre de realizar sus entierros a cuatro metros de profundidad. Y son precisamente estas tumbas las que se han convertido en un libro abierto que dan nuevas luces sobre la presencia inca.

Muchas de las excavaciones fueron fortuitas, reconoce Stehberg: desde renovaciones en el local de la Municipalidad de Santiago, hasta excavaciones en el céntrico local del Museo de Arqueología, pasando por la construcción de una piscina que permitió el hallazgo de varias tumbas incas.

Todo esto dio nuevas luces a las investigaciones de Stehberg. “Hubo una gran transformación cultural con la llegada de los incas al valle del Mapocho. Los habitantes empezaron a adorar al sol y la luna, a vestirse con ropas de algodón, a enterrarse en sus chacras (antes lo hacían en cementerios de túmulos) y, adoptaron casi completamente la cerámica y la decoración diaguita-incaica que llegó a esta zona con la expansión del Tahuantinsuyo“, afirma el destacado arqueólogo chileno.

Como buen historiador, Sotomayor indagó en las crónicas y documentos antiguos de juicios por tierras, hallando reveladora información que sustenta la existencia de una urbe inca.

Según la información proporcionada por el cronista Gerónimo de Vivar, “Don Pedro Valdivia tenía la intención de poblar un pueblo como el Cusco, a orillas del río Mapocho, donde los indios pudieran venir a servir. Por lo tanto, antes de partir del Perú, ya tenía decidido exactamente a qué valle de Chile quería llegar y el por- qué”, sostiene Sotomayor.

“La información histórica, arqueológica y geográfica disponible coincide en señalar que entre el cerro Huelén (hoy Santa Lucía en el Centro de Santiago), por el oriente, los dos cauces del río Mapocho por el norte y sur, respectivamente, y en algún punto intermedio entre las actuales calles Bandera y Brasil, por el poniente, se emplazó un importante centro urbano Tawantinsuyu”, señalan Stehberg y Sotomayor.

Es decir, el cerro Santa Lucía equivale al Sacsayhuamán de Cusco, y los dos brazos del río Mapocho correspondieron al curso del Shapi y del Huatanay, que corren paralelos al Cusco incaico.

Y también hubo santuarios de altura, como el del cerro nevado El Plomo, donde se descubrió el cuerpo congelado de un niño inca, en un contexto muy similar a la arequipeña Dama de Ampato. Se trató de una clásica ceremonia de Capacocha.

Sotomayor sostiene, además, que un tema determinante fue encontrar que en Santiago existían tres canales de construcción inca: “La acequia Vitacura, la acequia madre de ‘Huachuraba’, y la acequia antigua de Tobalaba. Todas hechas a mano e independientes de la del Maipo. Situación que habla de una infraestructura agrícola muy potente”. A esto se añaden que Valdivia eligió el tambo mayor para instalar su “casa de gobierno”. Hoy en día funciona el local de la Municipalidad de Santiago de Chile. También fueron identificadas antiguas huellas del Qapac Ñan que llegaba hasta Cusco, tambos (depósitos), canales, acequias, huacas, viviendas, chacras, cementerios y otras instalaciones.

En su investigación se quejan del “escaso o nulo reconocimiento” que la historia oficial de Chile le da al asentamiento cusqueño previo a la fundación de Santiago. Sin embargo, hoy en día reconocen que “esto es algo nuevo. No se conocía hasta la publicación de la investigación. Creemos que el tema está siendo aceptado y empezando a ser reconocido por los chilenos del siglo XXI”.

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